Kulschynski vivía solo cerca del bosque. Un domingo, harto del tedio y la soledad, salió de su pequeña casa y se quedó parado mirando el cielo. Dejó pasar el tiempo que creyó suficiente, se sacó su camisa y se agachó como en cuclillas. Primero se concentró calmadamente, pero después empezó a hacer una fuerza intensa que nacía de su estómago y proyectaba hacia su espalda. Fue tanta que ¡pump!: le brotaron, así de repentísimo, un pequeño par de alitas blancas con tres plumas cada una. Se irguió, descansó un segundo y empezó a estimularlas, a moverlas, a agitarlas y así le empezaron a crecer. En un minuto ya parecían de cóndor o de cualquier otro pájaro grande. Se detuvo a contemplar su novedad y se sintió poderoso, así es que, sin pensar, dio unos cuantos pasos, saltó todo lo que pudo y ya no cayó más
En su primer intento, Kulschynski aprendió a volar. Se alzó sobre el bosque y comenzó a recorrerlo, descubriendo tipos árboles que nunca hubiese visto. Sus límites ya no existían. Se elevó por sobre la montaña más grande para ver qué era lo que toda su vida le había tapado: ríos claros, praderas, animalitos simpáticos. Podría haber ido a donde hubiese querido, haberlo visto todo, sin embargo no pensó en otra cosa que en La Playa de los Calamares.
La Playa de los Calamares es el lugar más lindo de todos los lugares lindos. Sentado en la arena más fina, bajo el cielo más azul, con el sol más agradable, se ven los calamares más agraciados, dando los saltos más altos y deslizándose por las olas más grandes de ese, el mar más brillante. ¿Cómo sabía esto Kulschynski? ¿Había estado allí antes acaso? Jamás, lo sabía porque La Mujer de sus Ojos se lo había contado maravillosamente, poco antes de que se separaran, por causa de las que hoy se podrían llamar, típicas razones de fuerza mayor. No obstante, Kulschynski se olvidó por completo de ellas (o por lo menos quiso hacerlo) y aleteó y aleteó pensando en La Playa de los Calamares, pero no dirigiéndose a ella; antes pasaría a recoger a La Mujer de sus Ojos.
Desde muy alto vio esa casa blanca con motivos verdes, en la que vivía La Mujer de sus Ojos y entonces bajo hasta allí. Tocó el timbre y replegó sus alas para no asustar a nadie. Fue ella quien abrió la puerta y, justo después de que se le pusieran lo pelos de punta, abrazó a Kulschynski con todas sus fuerzas. Por supuesto que notó ese montón de plumas cuando le rodeó la espalda y abrió como nunca los ojos cuando él se las mostró desplegadas y le dijo que la había ido a buscar. Fue casi increíble, pero no hicieron otra cosa que tomarse las manos, ir hasta la calle y agarrarse a la manera de quedar ambos mirando el mismo horizonte. Luego un ¡SALTO! y ya volaban hacia La Playa de los Calamares. Nadie tuvo la necesidad de hablar, todo lo sabían, también hacia donde iban y por qué.
El viento les pegaba en sus sonrisas grandes y les limpiada cada lágrima escapada hacia alguna mejilla. Kulschynski volaba rápido y a ratos hacía piruetas que entretenían a La Mujer de sus Ojos. En un momento ambos vieron un camino que les resulto familiar y, como si ahora dirigieran juntos el vuelo, se acercaron para seguirlo. Después vieron un monte casi cuadrado, que, como es de imaginar, también les resulto familiar. Volaron rapidísimo hasta él y justo antes de que sus narices lo chocaran, y gracias a una maniobra que Kulschynski supo hacer con sus alas, salieron disparados hacia el cielo. Entonces apareció, hermosa, impresionante, entera y en un solo y largo segundo, La Playa de los Calamares.
Bajaron lentamente. Se sentaron en la arena a ver los calamares, luego caminaron por la orilla del mar, que de vez en cuando les cubría los pies. Hablaron y se miraron hasta cansarse. Se sintieron absolutamente plenos, no les faltaba nada.
A pesar de que el tiempo se les hizo siglos, ambos supieron cuando llegó el momento de dar por terminado el viaje, cada uno debía volver a su casa porque así era la naturaleza de las cosas. Kulschynski se preparó y la tomó para volar de regreso. Voló lento, hundiendo infinitamente su nariz en el pelo ondulado de La Mujer de sus Ojos, quien, por su parte, acogió su pena caída en agua, todo el largo camino, hasta que llegaron a la casa blanca con detalles verdes, donde se despidieron con un abrazo eterno. Finalmente Kulschynski se lanzó al aire en busca de altura, sin darse vuelta hacia quien se había quedado mirándole. Sintió que todo había durado nada.
A mitad de camino, le pareció sentir que sus alas se derretían. Pudo aterrizar en ese lugar desconocido que sobrevolaba y evitar caerse desde tan alto, sin embargo y no haciendo caso a los rumores que todos conocían acerca de un tal Icaro, decidió volar todavía más alto, camino al sol, y subió, subió, subió hasta que sus alas se terminaron de derretir y entonces cayó, cayó, cayó. Mientras caía, pensada en una sola cosa: en La Mujer de sus Ojos, en nada más. Sentía que ella estaría abajo esperándolo con los brazos abiertos y él caería blando en ellos y entonces sonrió y cayó sonriendo, cayo feliz, hasta que tocó el suelo y murió.

(Para Joaquín y Agustín)