
El tipo de al lado sabe que no es Placido Domingo, sin embargo le molesta profundamente saber que yo, que ya llevo un buen rato mirándolo, piense que sí lo es. Mira hacia delante, sentado, trata de mostrarse imperturbable. Yo ya no aguanto y me acerco un poco. Se da cuenta. No puedo ver completamente su ángulo izquierdo, me deja dudas, así es que me acerco todavía más para lograrlo, incluso me inclino un poco (siempre con disimulo) y ya está ¡Es tremendo! o se parece demasiado o efectivamente es Placido Domingo. Me quiero sentar a su lado. Lo hago. El tipo se apega contra la pared de metro (porque, dicho sea de paso, vamos en el metro). Repentinamente se para y camina hasta la puerta que en cinco segundos se abrirá en la próxima estación. Veo que sale con rapidez. Ahora estoy pensando si acaso lo incomodé. Delante de mí se acaba de sentar Benedicto XVI.