miércoles, 28 de marzo de 2007

La Señorita Amoniaco (acto primero)

La Señorita Amoniaco todos los días llega a su departamento y trata de descubrir si algo no está en el lugar que creyó haberlo dejado cuando salió. Esto lo hace porque desde no hace mucho tiempo, ha comenzado a vivir con El Joven. Yo no sería capaz de poner en duda el amor que La Señorita Amoniaco le tiene a El Joven, seguramente debe ser incondicional. Aún así (no deja de ser curioso), una mañana cualquiera, cuando él ya se había ido a trabajar y ella estaba sola, entrando al baño para ducharse, vio cerca de la tina un pelo negro que se enroscaba caprichosamente. Se quedó paralizada un buen rato, incluso se le cayó la toalla, la que desde luego se apuró en recoger, movida por la vergüenza que le hubiese significado un posible espectador. Entendió que había salido del cuerpo de El Joven, pero no entendió que hacía tan caído en ese lugar.

Ya por la tarde, después de una larga jornada de trabajo, llegó al departamento. El Joven ya lo había hecho y leía el diario tirado en el sofá del living. Notó que había cojines innecesariamente desordenados, pero hizo un esfuerzo por saludar sin referirse a ello. Pasó hasta la habitación, se saco de encima todo lo que pudo reemplazar por ropa más cómoda y antes de volver al living con El Joven, se quedó pensando si acaso era pertinente hablar de aquel caso de la mañana, pero no pudo sino dejar el asunto a medio resolver.

Beso, un cariño en el pelo y quieres tomar once. Bueno, si quieres te ayudo. Gracias, vida, pero no te preocupes. Y La Señorita Amoniaco partió a la cocina preguntándose por qué El Joven había elegido seguir leyendo el diario, dejándola llevarse todo el trabajo cotidiano. El rascándose la cara y ella poniendo la mesa. El con la jornada deportiva y ella que pucha, que por qué. El cambiando de página y ella con el pan, la mantequilla, los huevos, la palta, el jamón, la mermelada y el café. Cuando ambos alcanzaron un nivel de nutrición propicio, La Señorita Amoniaco le sugirió a El Joven que se fuese a la cama y la esperara mientras se encargaba de los platos y demases. Ya bajo las sábanas (o entre las sabanas para quien quiera considerar la de abajo), fueron inevitables los besos y las caricias. Ella disfrutaba la circunstancia, pero no podía entregarse a la comodidad infinita ¿cómo hubiese podido si en su cabeza mariposeaban el pelo y la once? Fue un día largísimo, preferiría que me abrazaras y nos durmiéramos. El Joven la besó en la frente con mucha ternura, accedió a sus demandas y se durmió al poco rato.

¿Por qué no insiste? ¿No me desea? ¿Por qué no me ayudo con la once? ¿Qué hacía ahí ese pelo? ¿Y ahora está durmiendo? ¿Se interesará por lo que me pasa? Si así fuera me preguntaría un poco más, es obvio que le terminaría contando ¿Es que acaso no le preocupo? ¿Es que acaso no me quiere? Y así siguió unos minutos hasta que al final, dificultosamente, La Señorita Amoniaco pudo quedarse dormida.