El Joven: Tomé la cámara con la lentitud necesaria para no asustarla. La puse delante de nosotros y me acerque para inmortalizar un beso. Cuando mis labios tocaron los de ella, me di cuenta de que ambos estaban secos. Ibamos a tener que humedecerlos para que el beso se desarrollara con la mejor placidez. Una vez solucionado el detalle, me atreví a abrir un poco la boca para proceder con la lengua. Siempre es bueno aclarar que al principio fue bien recibida, pero después descubrí que la guerra estaba declarada. Su lengua empezó a empujar la mía con una fuerza que jamás me esperé. La batalla fue tan dura como nuestras lenguas lo estaban. Poco a poco la mía comenzó a ceder y pasados unos segundos ya todo se volvió insostenible. Me derrotó. Formé una reticente falsa sonrisa, ya que la humillación, el odio y los deseos de venganza ardían en mi corazón. Maldita, tu lengua es más fuerte que la mía, pero hoy tengo armas secretas que no revelaré aquí. La Joven: Yo vi cuando agarró la cámara y cuando ya la tenía delante de nosotros. Lo que nunca vi (¿se lo podría haber imaginado alguien?) fueron esos labios ansiosos cayendo sobre los míos. Me agradó que, por lo menos, estuviesen secos, odio los besos mojados. Cuando ya estaba todo en la humedad más virulenta, un cuerpo todavía más húmedo hizo entrada en mi cavidad bucal. Lo exploré calmadamente hasta darme cuenta de que era su asquerosa lengua. Me concentré, armé fuerzas y la empujé hasta exiliarla del todo. Fue una derrota rotunda, que él supo reconocer con una sonrisa de madura aceptación. Creo que ya todo está dicho y arreglado. Desde hoy: besos tiernos y sin lengua.