Hace dos días me moría de hambre y fui a comprar un bombón. No sólo me fije que el sabor fuera de mi agrado, también consideré el color del envoltorio. Caminando de vuelta lo abrí y en vez de ese esperado chocolate suculento, relleno con suave crema de frutos rojos, estaba La Mujer Fatal. Me detuve y me dije: ya está, estoy loco y no hay más que decir (quizás dije esquizofrénico). “Ay que eres tontito” me dijo “¿supongo que sabes lo que tienes que hacer?” me preguntó “tienes que comerme enterita” ¡me respondió! Le hice un lecho con mis manos y caminé. Me saqué un pelo para hacerle cosquillas, le dije cositas, le tiré besitos y la miré todo el trayecto. Ahora que lo pienso, y a modo de prevención de riesgos, también debería haber mirado el camino de vez en cuando. En fin, ella me miraba, bailaba un poquito y estiraba los brazos diciéndome “ya pu”. Llegué (llegamos), fui al balcón (fuimos), sentí la brisa de la media tarde (la sentimos), cerré los ojos y me la comí.