domingo, 20 de mayo de 2007

El Señor Agnicio Vallablinca

El señor Agnicio Vallablinca no es el señor Ignacio Villablanca. Es la primera cosa que hay que aclarar para así evitar todo tipo de confusiones. Es verdad que estos dos personajes pueden tener muchos aspectos en común, incluso hay quienes postulan que uno deriva del otro (dentro de estos, cada vez son más los que creen que el segundo viene del primero).

El señor Agnicio Vallablinca es una persona muy interesante y tan real como el señor Ignacio Villablanca. Una forma de probarlo es contarles a ustedes, queridos lectores, algunas de las cosas que le gustan al señor Agnicio Vallablinca, pero que no tienen ninguna razón de ser contadas para posibles efectos literarios. Claro, porque si les cuento un cuento del señor Agnicio Vallablinca, ustedes podrían pensar que inventé al señor Agnicio Vallablinca (a propósito, ahora habla el señor Ignacio Villablanca) para poder contar, a través de él, lo que se me antoje. Sin embargo esto no es así, el señor Agnicio Vallablinca no es materia funcional, es materia real. Y bueno, ahora vienen las cosas que le gustan al señor Agnicio Vallablinca.

Al señor Agnicio Vallablinca le encantan las pastillas de miel, esas con el envoltorio amarillo. Siempre tiene en su casa y frecuentemente, además de comerlas en momentos azarosos del día, deja caer una en el té o el café. También las usa para sopesar momentos de desagrado, como las protocolares conversaciones con personajes pseudointelectuales, la realización trámites burocráticos o cuando, inesperadamente, La Soledad y El Desgano se juntan en su casa. Uno de los momentitos importantes de su vida cotidiana, es cuando se le acaban. Por un lado se pone triste, pero lo alegra el hecho de tener que ir a comprar más. De los paquetes nuevos siempre come tres de inmediato.

La tercera forma sensorial de alcanzar algo que se parece mucho a la felicidad (la segunda es la gastronomía) es a través de un guatero. Algunas noches, sobre todo en invierno, el señor Agnicio Vallablinca decide preparárselo y es una escalera de emoción. Ya esta contento calentando el agua y más cuando ésta ya ha hervido, luego la vierte con mucha, mucha dedicación en este objeto (aunque para su espíritu sea más que un objeto) que ha buscado con mucho, mucho entusiasmo, para luego dejarlo metido en la cama. Sonriendo cada segundo, se pone su ropa para dormir, abre las tapas, entra, se acomoda (ya esta muy, muy alegre) y recién allí lo busca con sus pies. Cuando lo encuentra no lo cree, es una sensación divina, no hay pensamientos (mucho menos preocupaciones), sólo confort. La plenitud embarga sus sentidos y todo su corazón. Es feliz. Dormirá toda la noche, sin pesadillas y por la mañana bajará placidamente de su nube.

Creo que estas dos son suficientes para probar la existencia del señor Agnicio Vallablinca, ya les contaré más de él en otra oportunidad, o quizás lo haga él mismo.