Desde que me propuse tener un amigo imaginario, que le he estado hablando. Los primeros días lo hacía durante los desayunos, luego de haber preparado un puesto para él. Tengo que confesar que las palabras no salieron naturales ni ágiles desde el comienzo, de hecho miraba las ventanas para comprobar que nadie estuviese mirando. Pasó un tiempito y ya también almorzábamos, cenábamos juntos e incurríamos en largas y (a veces) profundas tertulias. Sin embargo no recibía mucha correspondencia de su parte, ya que, a pesar de todos mis esfuerzos, él aún no había aparecido.
Seguimos siendo amigos, esto de la amistad no es una empresa que se deba dejar de un día para otro, menos cuando se pretende obtener bellos frutos de ella. De lo gastronómico pasamos a todos los demás espacios cotidianos: estudiábamos juntos, escuchábamos música, cocinábamos, salíamos a caminar, etc. Como ya no me avergonzaba que me descubrieran hablándole, dejé de evitar la presencia de terceros e incluso charlábamos en reuniones sociales. Sin embargo, el problemita continuaba: mi amigo imaginario todavía no aparecía.
Días, semanas, meses, hasta que un día, con la cabeza metida en el refrigerador, decidiéndome por algo que comer, sentí cómo se corría una silla y alguien se sentaba en ella. Cerré la puerta (la del refri), me di vuelta despacio y… ahí, sentado, sonriendo, mirándome: Mi amigo imaginario. La emoción me abrumó en ese momento y también lo hace ahora. Me faltan palabras, no puedo seguir contando mucho, pero sí se los puedo presentar.
(Agradecimientos especiales a F.M.G.)