A la mañana siguiente, aunque más delgado y corto, vio otro pelo de las mismas características a unos 23 cm del anterior. Luego de recuperarse, la señorita Amoniaco no sólo se cuestionó que por qué otro pelo, sino además que por qué todavía estaba el anterior y que qué iba a hacer con ellos. Iba a ir a buscar los guantes de goma y los sacaría. No, iba a dejarlos ahí para qué El Joven los viera. No, mejor aún, iba a sacar el primero e iba a dejar el segundo para que El Joven lo viera y además supiera que ella también los había visto. Al final no hizo nada.
Todo lo que siguió estuvo cargado de perturbación. La ducha: perturbada; desayuno: perturbado; elección de ropa… ni decir. Se dispuso a ver el matinal para relajarse, pero se perturbó aún más por causa de los problemas que aquejaban al país. Prefiero no publicar las palabras que uso para dirigirse a la educación, a la justicia, al problema de la señora y su vivienda o a las políticas públicas.
Decidió no ir a trabajar (no fue capaz). Se quedó en el departamento pensando larga y detenidamente qué iba a hacer con su vida. Estaba claro que el esperanzado sueño que los había llevado, a ella y a El Joven, a juntar más sus vidas, se diluía a paso rápido. La idea de que El Joven no fuese en realidad lo que ella había esperado, la agarró con cierta violencia (pongo entre paréntesis y con censura algunos de pensamientos que la invadieron: eres un descortés, incivil, desatento, sólo piensas en ti, ególatra, mala persona y tonto de cacú). Ya calmada decidió hacer el mayor de los esfuerzos, el último, por salvar lo que casi ya no se podía. Se sentó en el living y esperó a El Joven para conversar con él. Al cabo de cinco horas llegó El Joven al departamento, hoy había salido un poco antes de su trabajo. Se acercó a la señorita Amoniaco, la saludó y se tumbó donde pudo. Notó algo extraño en su timoncito (como a veces la llamaba en alusión al amigo del jabalí que aparece en la película del león) y trató de averiguar qué era. Cuando preguntó por quinta vez, la señorita Amoniaco le dijo esto: Estoy un poco afligida, me gustaría que te preocuparás más por… no sé… el departamento, las cosas (El Joven: ¿Qué cosas?) hablo en general, de todas las cosas, que fueras más cuidadoso y más considerado (El Joven: ¿Pasó algo en especial?) sólo te digo que te fijes más y que te acuerdes de que ya no vives sólo, ahora vivimos juntos (El Joven: Está bien, lo voy a hacer con gusto) Sabía que me ibas a entender, te quiero mucho. Esa noche fue ideal para la señorita Amoniaco, se sintió complementaba en todo su ser.
En la mañana se despertó más temprano, con la intención de prepararle un abundante desayuno a El Joven. Cuando éste ya se tuvo que ir, le dio el conocido abrazo del oso y lo despidió con un beso febril. Después se fue a duchar. En el baño seguían los pelos, no lo vamos a omitir, pero ni tanto le importó, pues se trataba de los mismos dos, por lo que livianamente los recogió y los depositó en el basurerito del baño. Se empezó a duchar, tomó el jabón y vio pegado a él… sí, así es.
Cuando por la tarde El Joven llegó al departamento, en vez de encontrar a La Señorita Amoniaco, encontró una nota: No puedo más, quédate con todo y ni pienses buscarme, adiós para siempre.